Ubu Roi, de Alfred Jarry, por Cheek by Jowl, en el Teatro María Guerrero

Reparto (por orden alfabético): Xavier Boiffier, Vincent de Bouard, Camille Cayol, Christophe Grégoire, Cécile Leterme, Sylvain Levitte.

Equipo artístico: Declan Donnellan (Dirección), Nick Ormerod (Escenografía), Michelangelo Marchese (Director asociado), Jane Gibson (Directora asociada y de movimiento), Pascal Noel (Iluminación), Davy Sladek (Compositor), Paddy Cunneen (Música adicional), Benoit Simon y Quentin Vigier (Diseño de vídeo), Angie Burns (Vestuario), Bertrand Lesca (Ayudante de direccción), Valérie Bezançon (Voz), Johan Persson (Fotos), Mar López (Diseño de Cartel)

Producción Cheek by Jowl en coproducción con el Barbican de Londres, Les Gémeaux/Sceaux/Scène Nationale y La Comédie de Béthune-Centre Dramatique National du Nord-Pas-de-Calais

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Esta obra del joven de 23 años Alfred Jarry causó sensación cuando se estrenó en París en 1896. El problema de cómo actualizar el impacto que produjo la obra de Jarry con su retrato salvaje de un grotesco monstruo lo resuelve de forma genial Declan Donnellan en esta producción: dado que la obra comenzó como la broma de estudiante dirigida a un odiado maestro, Donnellan la escenifica como la fantasía edípica de un adolescente que, cámara en mano, se venga de sus padres y de su mundo burgués y civilizado.

Esta fresca e ingeniosa visión de la obra tiene un giro oscuramente divertido: los sucesos no tienen el punto de vista de la realidad de una tercera persona, sino que nos llegan desde la perspectiva sesgada del fantasioso adolescente. La localización, en un elegante, blanco, y adinerado salón comedor francés contemporáneo, podría ser el escenario de uno de los divertimentos de Yasmina Reza.

Durante los, quizás demasiado largos, primeros minutos del prólogo, absorbemos este entorno a través de la cámara de vídeo del hijo adolescente, amargado y aburrido,  de la familia, interpretado por Sylvain Levitte. Con su punto de vista, detallado hasta el máximo por el zoom de su cámara, vemos desde la preparación de la cena, hasta los pelos de la nariz del padre de familia, y una larga visita al cuarto de baño, incluyendo, con un toque grotesco, una estera de baño con una mancha de mierda, invisible sin la macrovisión del zoom.

El detonante de la rabia vengadora del hijo es la visión de sus padres acariciándose antes de que empiece la fiesta de la que son anfitriones. En su imaginación, su padre se convierte en Père Ubu, un loco avaricioso por el poder, su madre, en una seductora, y sus invitados se metamorfosean en figuras de autoridad cuyo destino es ser asesinados o la usurpación de su poder. La genialidad de Donnellan consiste en no dejarnos olvidar nunca el marco de la cena y, de esta forma, una hielera y un molino de pimienta se convierten en orbe y cetro; una lámpara, en corona. Esa misma estera de baño del vídeo del prólogo acaba durante la función como estola real alrededor de los hombros del padre de familia. También hay algunos saltos entre la realidad y la fantasía hilarantes, como cuando el padre comete un acto de tortura inenarrable y su mujer aparece en el salón preguntando si “alguien tiene alergia a los piñones”. Hilarante también el momento en el que el padre Ubu salta al patio de butacas preguntando si hay “financiers” entre los asistentes, para también cargárselos previo robo de sus bienes, haciéndose entender en español preguntando por “banqueros” que, por supuesto, no creo que se encontraran entre los asistentes (aunque a mí, que estoy bastante lejana de ese gremio, me acobardó su presencia por el pasillo central). Durante toda la función se mantienen esos cambios entre el murmullo de una fiesta privada burguesa ordinaria y la loca caricatura de las épicas desventuras de la pareja real. Se trata, por supuesto, de las proyecciones del hijo que se mueve por el escenario manejando los acontecimientos.

Donnellan consigue de su elenco francés maravillosas y desinhibidas actuaciones, entre los que destacan el trío familiar: Christophe Grégoire como Père Ubu se mueve desde el anfitrión benigno al sociópata; Camille Cayol,  como su fría esposa, es un paradigma de rampante sexualidad y avaricia; y Sylvain Levitte, como su hijo, no nos deja olvidar que todo lo vemos filtrado a través de su imaginación torturada de adolescente. Los saltos interpretativos de la pareja del padre y la madre, desde la civilizada y hasta cursi pareja burguesa francesa, a la desbocada lujuria y avaricia de Ubu rey y reina, te dejan clavado en la butaca queriendo más.

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La escenografía de Nick Ormerod, que incorpora el caos de un campo de batalla en un mundo de civilizado chic, refuerza el punto de que la monstruosidad asesina, como la caridad, empieza en casa. También los cambios de la realidad a la imaginación, de la civilización a la barbarie, son destacados con la iluminación que pasa del blanco níveo del burgués salón-comedor al verde de las escenas de la fantasía de la depravación de Ubu y su entorno. La función está llena de hallazgos, en donde una “minipímer” se convierte en el “arma de destrucción masiva” que Ubu utiliza para destrozar los cerebros de sus enemigos (básicamente, todo el mundo, o cualquiera que se oponga a sus intenciones de enriquecimiento y poder, banqueros y magistrados especialmente). No acabo de entender el porqué de la traducción de los sobretítulos española como “tío” y “tía” Ubu.

La obra trae ecos de tiranos asesinos de la historia y la ficción, desde Macbeth a Napoleón, sólo para dar a entender implícitamente que éstos eran modelos de responsabilidad pública en comparación con su atroz protagonista. Un zoquete, Ubu es un monarca con un cepillo de WC como cetro y un conjunto de apetitos de lavadero. Su esposa, al estilo de Lady Macbeth, lo impulsa a matar al rey de Polonia y usurpar su trono, y es, sin duda, aún peor que él. Y para colmo, ambos son el último grito del ordinario gusto burgués.

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Ubu, como prototipo, se ha utilizado, en el teatro moderno, para analizar a medio mundo, desde Idi Amin a Ceausescu, y podría parecer que la domesticación edípica de la versión de Donnellan resta importancia a esa dimensión más política o politizada, centrándose en instintos más “básicos”, entre el choque entre esos instintos que nos dominan durante la infancia hasta que la pátina de la educación y la civilización parece hacerlos desaparecer, o al menos, mantenerlos a raya.

En palabras de Donnellan: “La obra explora la viciosa violencia infantil que llevamos todos dentro y explora qué puede pasar cuando queremos cosas que no podemos tener e intentamos conseguirlas. Mediante sus acciones, Ma y Pa Ubu articulan esa violencia potencial: una violencia que emerge de esa parte de nosotros que, como seres humanos, nos conduce a buscar el poder, a veces el poder absoluto. Tendemos a ver su egoísmo y su brutalidad como algo infantil, fácilmente relegado al pasado cuando maduramos y nos volvemos civilizados. Tanto si escogemos reconocerlo como si no, esos deseos siguen existiendo en nosotros como adultos. Uno de los puntos fuertes de la obra es que nos conecta con esos instintos básicos. Cuando actuamos de una manera violenta somos peligrosos, pero somos igualmente peligrosos cuando negamos esa violencia.

Analiza cómo entendemos y promulgamos nuestro comportamiento “civilizado”. Todos queremos ser civilizados, pero ¿qué hacemos cuando nuestros sentimientos no lo son? La civilización, muchas veces, demanda que lo ignoremos o que incluso lo neguemos. Pero hay un precio a pagar por ello. Y el precio, en ocasiones, es la locura.”

En definitiva, que esperemos que estos genios, Declan Donnellan y Nick Ormerod, o Cheek by Jowl, sigan haciendo este gran teatro y que podamos disfrutarlo por aquí, en francés, inglés, ruso, o puede que algún día, también en español.

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Un comentario en “Ubu Roi, de Alfred Jarry, por Cheek by Jowl, en el Teatro María Guerrero

  1. No puedo estar más de acuerdo con esta disección del Ubu Roi de Dinnellan: inquietante, divertida, absolutamente genial. Inolvidable cómo integra el cínico, burgués plano real, con el subconsciente del monstruo Ubu que llevamos dentro.

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