De “La vida es sueño” y el sueño de la vida y el teatro.

Poco puedo añadir ya que no se haya dicho antes sobre “La vida es sueño”, el montaje de la Compañía Nacional de Teatro Clásico dirigido por Helena Pimenta que se ha repuesto durante un mes más en el Teatro Pavón durante marzo y abril. Simplemente quisiera plasmar para mi propio recreo (y el de algún despistado lector) las sensaciones, emociones y recuerdos que me ha producido el haber tenido el privilegio de haberla visto  cinco veces, tres en su primer pase en el Pavón en el 2012 y otras dos en esta última tanda.

Con esta obra, Helena Pimenta inició su andadura  como directora de la cía Teatro Clásico corriendo, además, grandes riesgos al ser “La vida es sueño” una de las obras más representadas, queridas, leídas y admiradas del repertorio dramático, no solo español, sino del universal. Se arriesgó, además, eligiendo a varios de los actores  que harían los personajes más emblemáticos; me refiero en concreto a los de Segismundo y Rosaura, interpretados por Blanca Portillo y Marta Poveda, respectivamente. En el primero de los casos, ya sabemos que el riesgo era el que una mujer interpretara a un personaje masculino; y en el segundo caso, el de escoger a una actriz que nunca antes había interpretado papeles de teatro clásico en verso (con una excepción, en sus propias palabras, la de una versión algo “gamberra” de El burlador de Sevilla en el Teatro de la Abadía). Prácticamente desde su estreno en Almagro, se ha visto que esos riesgos que corrió Helena Pimenta fueron las elecciones más apropiadas y cualquiera que haya podido asistir a este montaje lo ha podido comprobar por sí mismo.

Múltiples son los temas y los niveles de lectura en una de las más gloriosas obras de nuestra literatura dramática (si no, la mejor): la predestinación, el libre albedrío, las relaciones paterno-filiales, la cárcel del alma en el cuerpo, el tiranicidio, etc. Estos temas se ven encarnados en las figuras de estos dos personajes, ejemplos y símbolos de muchas tramas y metáforas, filosofía y teología, envuelto todo ello en uno de los textos más bellos que se pueden escuchar o leer.

Helena Pimenta ha conseguido expresar notablemente este mundo humano y filosófico de Calderón en una escenografía y una puesta en escena que ha sido ya muy bien descrita y analizada. Esta caja de colores madera clara que simbolizan a la vez la cárcel-cueva de Segismundo y el palacio del rey Basilio, su padre.  Esa escenografía junto con la siempre magistral iluminación de  Juan Gómez Cornejo, la música de la época interpretada en vivo, y ese vestuario hacen que plásticamente nos situemos en el interior de escenas de Velázquez.

Las historias de Segismundo y de Rosaura corren en paralelo y Calderón pareciera que intentara hacernos creer, o hacerse creer a sí mismo, que su encuentro pudiera ser posible; aunque supongo que esa es la perspectiva romántica que podemos tener ahora. Ambos han sido abandonados por sus padres y, como en el caso de Segismundo, dejados prácticamente en la más inhumana de las soledades, a sus propios recursos.

Hay varias escenas que, si pudiera confiar en mi memoria, se me quedarían grabadas. Pero creo, no, sé que mi memoria no es demasiado fiable, así que lo escribo y describo, sin mucho orden ni concierto.

No me voy a extender en la increíble interpretación de Blanca Portillo como Segismundo, porque ha sido ya tan alabada, con razón, que cualquier cosa que diga yo no sería más que pobre repetición de palabras y opiniones mucho más sabias. A mí no deja de asombrarme lo fácilmente que te olvidas de su persona para ver a Segismundo y todo su mundo interior, en sus soliloquios (en uno de los cuales en esta última función a la que asistí el público estalló en un aplauso espontáneo) y luego, en todas las interacciones con el mundo exterior que se le echa encima de repente, todo ese flujo de reacciones y emociones, la rabia, la soberbia, la brutalidad, el amor, la bondad, la duda, etc.

Ese primer encuentro entre Segismundo y Rosaura vestida de hombre…. ¡cómo las dos actrices son capaces de expresar en sus caras, movimientos y voces todas las emociones que para ambos personajes supone ese encuentro!

Y esas maravillosas escenas paterno-filiales entre Clotaldo (un magnífico Fernando Sansegundo) y Rosaura, ambos ignorantes de muchas cosas, primero con un Clotaldo que no sabe que su hijo es, en realidad, hija ni cual fue el agravio de Astolfo (Rafa Castejón) y en la que Rosaura ignora que Clotaldo es su padre.

Y esa otra importante, emotiva y desgarradora escena entre Rosaura y Clotaldo, en la que esta le pide que vengue su honra dando muerte a Astolfo, y él duda entre su agradecimiento a Astolfo, que le salvó la vida, y el deber hacia Rosaura.

Y ese segundo encuentro entre Rosaura y Segismundo, ya con Rosaura vestida de mujer, pero haciéndose pasar como una dama de Estrella (Pepa Pedroche). Segismundo vuelve a enamorarse de Rosaura sin reconocerla como el joven al que vio en su cárcel y Rosaura no sabe qué hacer para proteger su honra de los ataques de Segismundo, que pasa de los piropos iniciales a la más absoluta brutalidad al ver que Rosaura no cede a sus deseos. Miedo daba solo ver la cara de Blanca Portillo/Segismundo en esos momentos en el que lo único que le para de violar a Rosaura es la intervención de Clotaldo, al que casi asesina.

Otra escena que me fascina y que demuestra muy bien la astucia de Rosaura y la habilidad de Marta Poveda para mostrarla, es la del encuentro de Astolfo y Rosaura/Astrea en la que Estrella (también magníficamente interpretada por Pepa Pedroche) manda a la que cree ser Astrea a recuperar el medallón que llevaba Astolfo para identificar así cuál es el sujeto real de sus amores, que no es otro que la propia Rosaura, como sabemos. Rosaura consigue salir de este enredo muy airosamente, dejando a Astolfo completamente en ridículo.

Y desde luego ese supuesto “final feliz” ya que, a diferencia de las tragedias de Shakespeare, en donde el final suele ser sangriento, aquí nadie muere (bueno, a excepción del pobre Clarín y del criado al que Segismundo arroja por el balcón) y todos alcanzan el fin que buscaban… o más o menos. Rosaura, revelada ya públicamente su condición de hija del noble Clotaldo, recupera su honor mediante el casamiento con Astolfo.

En fin, que son innumerables las escenas que quedarán fijadas en nuestras retinas para la eternidad, desde la ya casi icónica, por figurar en el póster del montaje, de Blanca Portillo bajando con un arnés haciendo del Segismundo inconsciente que es llevado de la cárcel al palacio, haciéndosele creer que vive en un sueño, hasta el cómico hasta en su muerte accidental, David Lorente como Clarín. Sin olvidar, desde luego, al rey Basilio de Joaquín Notario y sus encuentros y desencuentros con Segismundo. Podría estar describiéndolas una por una, pero no haría más que excederme en mi propia intención inicial al escribir esto de rendir un pequeño homenaje a este montaje.

Para mí Marta Poveda ha sido en esta obra un descubrimiento. Afortunadamente, y a pesar de su veteranía sobre las tablas, Marta es todavía muy joven y si sigue eligiendo tan bien los trabajos en los que interviene y tiene suerte, creo que no me equivoco en pensar que tenemos ya a una de nuestras mejores actrices bien aposentada en nuestros teatros y con un futuro que, si hay justicia, debería serle muy sonriente. Lo espero por ella, pero sobre todo y egoístamente, para el disfrute y goce del público, porque es tan buena en los registros cómicos como en los dramáticos y así lo han visto todos los directores con los que ha trabajado y lo ha visto también Helena Pimenta. Yo he tardado en descubrirla, es verdad (creo que sólo debí verla antes en “Cruel y tierno” en el Centro Dramático), pero desde luego ya no me pienso perder nada más de lo que haga y así, deshacer el entuerto.

Fantaseando hace unos días sobre el tema, se me ocurrió pensar en un futuro montaje de “La vida es sueño” en el que todos sus intérpretes fueran actrices, al modo del muy reciente montaje de “Julius Caesar” británico, dirigido por Phillida Lloyd en el Donmar Warehouse.

Después de haber visto este montaje por quinta vez, y también asistido a la “lectura en vida” de “La vida es sueño” en el Teatro Abadía dentro del ciclo Cómicos de la Lengua organizado  por José Luis Gómez para la RAE, no me resulta muy difícil imaginarme a Blanca Portillo en el papel del rey Basilio y a Marta Poveda en el de Segismundo en ese supuesto “La vida es sueño, versión todo actrices”. Desde el punto de vista actual,  Calderón es un feminista avant la lettre y en “La vida es sueño” veía ya a las mujeres como pares de los hombres, tanto para lo bueno como para lo malo; de esa forma, Estrella es tan “malvada” y ambiciosa como lo pueda ser su primo Astolfo y, desde luego, Rosaura es tan incansable en su lucha por recuperar su honor como lo es Segismundo en vencer su destino, y mediante la prudencia y la templanza, conseguir el triunfo de la bondad.

Ojalá que una mínima parte de lo que Calderón transmite en “La vida es sueño” llegara a tocarnos un poco el corazón, aunque, por qué no, a mí me hubiera gustado que hubiera triunfado el amor… (bueno, aquí la cosa está ya degenerando).

En cualquier caso, probablemente veré más “La vida es sueño” en los escenarios, pero esta versión quedará para siempre en mi memoria. Desde luego, que quede aquí constancia de mi agradecimiento eterno a Helena Pimenta y a todo el equipo artístico y técnico de la CNTC por hacer posible esta maravilla.

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4 comentarios en “De “La vida es sueño” y el sueño de la vida y el teatro.

  1. Gracias por este prolijo repaso a este monumento brutal. Lo adoro tanto como tú y difícilmente podré borrar de mi memoria esta versión, tan diferente a la también imborrable de Calixto Bieito, con un imponente Joaquín Notario haciendo de Seguimundo.
    Apuesto por tu Vida es sueño femenina en unos años y vuelvo a agradecerte que hayas puesto tus sensaciones negro sobre blanco. Me servirán para recrear las mías propias.

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