Elegy, de Douglas Rintoul, interpretado por Andrés Requejo en Nave 73

 

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FICHA ARTÍSTICA
DIRECCIÓN

Carlos Alonso Callero

INTÉRPRETE
Andrés Requejo

ESPACIO SONORO Y MÚSICA ORIGINAL
David Good

MOVIMIENTO ESCÉNICO
Fredeswinda Gijón

DISEÑO DE LUCES Y GRAFISMOS
Marta Cofrade

ESCENOGRAFÍA
Matías Carbia

Yo ya lo tenía claro, pero por si alguien duda de la utilidad de las redes sociales, cuando acabas descubriendo joyas como esta función, se te acaban por desvanecer. No conocía a Andrés Requejo, más que de alguna interacción vía twitter, hasta que le vi durante el Fringe Madrid del verano del 2104 en Los Desvaríos del Veraneo, de Venezia Teatro, de la que ya he hablado con anterioridad en este blog. Unos cuantos meses más tarde, algunos tuits y retuits de la sala Nave 73 informando de su próximo estreno con estos carteles ya excitaron mi imaginación teatrera y fui a verlo sin mucha más información al respecto en diciembre del pasado año.

El texto, de Douglas Rintoul (y traducido por el propio Andrés Requejo) está inspirado en las entrevistas con refugiados iraquíes en Siria del fotoperiodista Bradley Secker. Así, inicialmente Elegy parece ser la historia de un amor imposible de un hombre por su mejor amigo, pero luego se nos revela como algo más.

Abdul walks in the streets of old Damascus late at night, something he remembers was impossible under curfew in war torn Baghdad. Photo: Bradley Secker

La función cuenta varios episodios de la vida de alguien que ha huído, desde el momento en el colegio en el que conoce a su amigo J. Andrés Requejo aparece en el escenario con la cara cubierta con una bolsa de plástico y ya habla desde ese mismo instante del intento de represión desde la infancia de un mal hábito, el uso de la mano zurda, la mano “siniestra”. Para mí, esa mano zurda es la metáfora de la represión de lo diferente, de lo que se sale de la norma en cualquier sociedad.

La historia va recorriendo diversos escenarios e instantes de la vida de estos dos amigos que se conocen y reconocen desde este momento, pero no lo hace de forma lineal ni tampoco hay unidad espacial, avanzando y atrasándose en el tiempo y moviéndose en su tierra natal, un país indeterminado que nunca se nombre pero que parece estar situado en algún lugar de Oriente Medio. Esos cambios de escenarios y situaciones, ocurren como los recuerdos, que nos vienen a la cabeza de forma desordenada, y necesitan de la complicidad y algo de esfuerzo por parte del público, pero están maravillosamente sugeridos por la ambientación musical de David Bueno. Los jóvenes viven sus vidas, hasta que una guerra, una de las muchas guerras cronificadas en nuestro mundo, produce un cambio en la sociedad del país en el que habitan y lo que les hace diferentes (en este caso ser gays, pero podrían ser judíos en tierras de gentiles, mujeres que tratan de vivir sus vidas, etc) hace que sean marginados y perseguidos, inmigrantes en su propia tierra, y que algunos de ellos, como nuestro protagonista, tengan que huir para intentar salvar sus vidas. A partir de ahí ya no hay más que pérdida y exilio: tierras de nadie, estaciones y aeropuertos vacíos, fronteras y ríos, centros de detención y ciudades bombardeadas.

Creo que esta ambigüedad sobre los sitios y países en donde se desarrollan los acontecimientos, así como el hecho de que el actor inicialmente pensado por el propio autor sea europeo, está realizado muy a propósito para que el espectador sienta que nadie está libre de convertirse, en algún momento, en el inmigrante, perseguido, refugiado, amante, amado, protagonista de esta obra.

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La gran actuación de Andrés Requejo deja una impronta emocional potenciada por el maravilloso movimiento escénico coreografiado por Fredeswinda Gijón, y la ambientación lumínica de Marta Cofrade, dirigidos todos por Carlos Alonso Callero, en una maravillosa labor de equipo. A mí todavía me dura la sensación de asfixia que me produjo esa escena con la bolsa de plástico en la cabeza al cruzar una frontera escondido en un camión, o la angustia al cruzar el río y casi ahogarse y llegar al control de pasaportes, en ese movimiento del policía al comprobar las fotos, repetido mecánicamente hasta la saciedad, que se convierte en espasmódico, ese movimiento de alas del pájaro/avión….

Por último, como en la función, añado la grabación que hizo Andrés Requejo de la canción que acompaña la última escena. No quiero destripar la función para nadie, pero yo la vi dos veces y la segunda vez me emocionó todavía más que la primera. ¡Vayan a verla! Mañana viernes 30 de enero es la última oportunidad de verla en la Nave 73.

 

“Dirge”, canción de David Bueno a partir del poema de Hoshang Merchant, para la obra de teatro “Elegy”. Interpretada en directo en la sala Búho Real con Lola Barroso al piano y Marcel Mihok al contrabajo. Madrid, viernes 23 de enero de 2015.

 

 

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